Una reseña y un par de omisiones

10/10/2015

Me agradó mucho ver otra reseña positiva de mi libro por parte de una experta en educación musical. En este ocasión, se trata de la académica canadiense Roberta Lamb de la Escuela de Música y Drama de Queen’s University, cuyo análisis fue publicado en la prestigiosa publicación Action, Criticism & Theory for Music Education (Acción, Crítica y Teoría para la Educación Musical).

Una pequeña, y justificada, crítica que tuvo fue mi omisión accidental de la revisión bibliográfica de Creech et al., aunque sí la menciono en el cuerpo del libro. Este tipo de error de edición es molesto, pero es uno que termina siendo inevitable en un libo de 360 páginas. Una omisión más importante, pese a que no fue mencionada como tal por parte de Lamb, fue un artículo que citó en su discusión de los debates sobre El Sistema en Canadá:

Lesniak, Melissa. 2012. “El Sistema and American music education.” Music Educators Journal, Diciembre: 62–6.

Aunque traté de mantenerme al tanto sobre los temas relacionados a El Sistema, este artículo se me escapó mientras escribía el libro, y recién lo descubrí gracias a la reseña de Lamb.

El artículo es corto, y tiene un comienzo poco prometedor, basándose en el trabajo poco confiable de Eric Booth sobre la caracterización de El Sistema en Venezuela. No obstante, luego pasan dos cosas que son poco comunes en escritos sobre El Sistema: la autora adopta una posición crítica y se nutre de lo que parecen ser conversaciones francas con músicos venezolanos. Es así que en lugar de la tradicional efusión, tenemos un análisis de las características de El Sistema, las cuales son presentadas como razones por las cuales los educadores musicales de América del Norte deberían pensar dos veces antes de subirse al carro del programa. Entre estas están:

  • La práctica de remunerar económicamente a músicos jóvenes
  • La ocupación de su tiempo libre casi en su totalidad o por completo
  • La desigualdad en la prestación y calidad del programa
  • La instrucción repetitiva y de nota por nota
  • Los currículos y repertorios limitados
  • Una cultura de control y el fomento de la dependencia

Como algunos de ustedes puede que no tengan acceso a este artículo, vale la pena citar algunas de las afirmaciones de Lesniak. Ella observa que “aunque la sociedad estadounidense no aprueba de la provisión de becas para estudiantes necesitados que las merezcan, el ser ‘pagado para tocar’ tampoco es un concepto ampliamente aceptado”. Continúa diciendo: “el elevado número de horas que los estudiantes le dedican a El Sistema no es algo que se pueda replicar en los Estados Unidos, y la estructura de El Sistema no es algo que sería aceptado por la mayoría de los padres y educadores estadounidenses”. De hecho, “en una sociedad que valora el desarrollo de muchos aspectos integrales de los niños, la mayoría de los padres no querrán que sus hijos formen parte de un programa que absorbe casi todo el tiempo extra curricular del estudiante”.

Al leer estas palabras me vino una pregunta a la mente: ¿cuántos de aquellos que abogan por El Sistema en América del Norte pondrían a sus hijos, o a los hijos de sus familiares o amigos cercanos, en el programa en Venezuela? Me acordé de los graduados y profesores de El Sistema que conocí en Venezuela que silenciosamente ponían a sus hijos en escuelas de música que no eran parte de El Sistema para asegurarse que reciban una educación musical adecuada. Sin lugar a dudas, es extraño que exista una fascinación entre ciertos norteamericanos por un proyecto que, si existiese en América del Norte en su formato venezolano, sería el objeto de muchas críticas y hasta de un rechazo generalizado.

En donde queda más evidente que Lasnik se informó debidamente para escribir el artículo, a diferencia de la mayoría de quienes escriben sobre El Sistema, es en este pasaje:

“según los ex alumnos de El Sistema en los Estados Unidos, la educación en habilidades técnicas específicas, como las escalas, la repentización, shifting, vibrato y otras, pueden depender del lugar de residencia del estudiante y los recursos y liderazgo disponibles en su núcleo local. La enseñanza de nota por nota no es algo que los educadores musicales en los Estados Unidos quisieran emular. El desarrollo de músicos completos incluye la enseñanza de las técnicas indicadas líneas arriba, al igual que la instrucción en teoría musical e historia de la música. Además, las experiencias en improvisación, composición y otras actividades musicales creativas son igualmente válidas. Al conversar con ex alumnos de El Sistema en Estados Unidos, al igual que con individuos que han observado al programa, he aprendido que los estudiantes que no cuentan con recursos financieros básicos a menudo no tienen las oportunidades para desarrollar estas habilidades de manera integral. Es por esto que, frecuentemente, estos estudiantes no cuentan con el tipo de conocimientos o habilidades que los podrían ayudar a convertirse en músicos independientes y autosuficientes. Mis fuentes han indicado que este tipo de independencia no siempre es valorada en el programa, como así lo resaltaron algunos ex alumnos a los cuales se les había disuadido de salir de Venezuela en búsqueda de otras oportunidades musicales.”

Las observaciones y argumentos de Lesniak en este pasaje suenan muy familiares a las de mi libro. Simplemente me molesta no haber visto el artículo en su momento y no haber podido realizar esta conexión en el manuscrito. Sin lugar a dudas, estas semejanzas no son nada sorprendentes, dado que tanto el artículo como el libro están basados en conversaciones con músicos venezolanos que, al estar protegidos por la anonimidad, dicen las verdades que tienden a estar ausentes en los escritos de los seguidores de El Sistema.

Lesniak da justo en el clavo al identificar los problemas del programa en lo que respecta a la independencia. Varios de mis entrevistados alegaban que a lo largo de la existencia del programa, Abreu engatusó, sobornó, amenazó y castigó a músicos talentosos que querían marcharse. Lesniak descubrió esto sin siquiera ir a Venezuela, así que no se trata de un secreto de estado. De hecho, una conversación honesta y a fondo con un músico clásico venezolano experimentado lo revelaría con facilidad. Sin embargo, sería en vano buscar entre la literatura sobre El Sistema una discusión sensata sobre cómo esta intolerancia hacia la independencia encaja con el eslogan de “acción social por la música” o con las ideas contemporáneas sobre la educación musical y la justicia social. Por lo menos Lesniak le abre la puerta a ese debate, incluso si muy pocos han pasado a través de ella.

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