Un viaje de un día a Liverpool

[03/04/13] Con el riesgo de decepcionar a mis dos y un cuarto lectores regulares, tengo que reportar que tuve un buen día con El Sistema este viernes pasado, cuando fui invitado a hablar en un pequeño taller como parte de las celebraciones del cuarto aniversario de In Harmmony Liverpool (IHL). No estoy acostumbrado a recibir invitaciones a eventos de El Sistema: la mayoría está interesada en personas que apoyan el mensaje, incluso si no conocen mucho sobre El Sistema. Pero el evento de Liverpool demostró que la gente de IHL estaba dispuesta a entablar una discusión seria, y esa fue una de varias señales positivas del día.

Lo que me más me llamó la atención fueron las diferencias entre los núcleos venezolanos que conozco e IHL, y la forma en que esas diferencias eran potencialmente una fuente de fuerza en lugar de ser una debilidad, pese a que debo resaltar que mi conocimiento sobre IHL aún es muy superficial y por lo tanto mis opiniones aquí son mucho más tentativas de lo normal. Estoy muy consciente de los tipos de suposiciones idealistas que la gente realiza luego de ser expuestos brevemente a El Sistema en Venezuela. Pero… entre el hecho de que IHL es en la escuela en lugar de ser un programa después de la misma, su cobertura universal (todos participan, no solo aquellos que se presentan), la participación tanto del staff como de los pupilos en el aprendizaje, y la institución de discusiones semestrales sobre las fortalezas y debilidades con todo el personal, me quedé pensando cuales eran las supuestas similitudes con El Sistema.

El concierto también fue muy diferente: en términos no tanto en lo que pasó en el escenario (aunque el hecho que la orquesta también cantó fue una sorpresa), sino también la manera en que el concierto fue presentado por los mismos estudiantes, quienes hablaron en videos cortos entre cada pieza y hicieron el programa físico. Para mí, estos pequeños toques marcan un espacio para la creatividad y un sentido de un proyecto en el cual los niños están realmente involucrados, en lugar de ser los peones en un juego de adultos.

Lo que sentí fue una disposición de reflexionar sobre las prácticas establecidas y cambiarlas, algo que es la excepción y no la regla en Venezuela. Aún hay problemas que resolver, por supuesto, y siempre los habrá en un programa educacional, pero la disposición de tomar esto en cuenta es el primer y vital paso.

Ahora, de vuelta en mi atuendo tradicional, una cosa que me sorprendió en las discusiones fue sobre como el eslogan de El Sistema como un proyecto social, no un proyecto musical, se ha convertido en mantra. Además de su dudosa veracidad histórica (el programa comenzó en un conservatorio, con estudiantes de música), existen dos puntos que me preocupan: (1) este eslogan no tiene ninguna relación con las percepciones de muchos de los participantes con los que hablé en Venezuela, quienes – a diferencia de sus contrapartes en el Reino Unido – veían lo que estaban haciendo en términos exclusivamente musicales y no sociales; (2) ¿Cuáles son las implicaciones de constantemente alejar la música del centro de un programa de educación musical?

En relación al primer punto, puedo aceptar sin lugar a dudas que el programa tenga un impacto social (¿hay alguna actividad que no lo tenga?) y que este impacto puede que no sea observable por parte de sus participantes, pero encuentro que la insistencia de que no es un programa musical es llevar esa idea de que “tenemos que enfatizar lo social porque de otra manera no conseguiremos financiamiento” demasiado lejos. Además, está el riesgo de que cuando la música sea valorada solo por sus efectos sociales en estas discusiones, la esencia musical de la música misma sea tirada por la borda. La música puede tener un valor intrínseco y traer beneficios que no se pueden cuantificar términos sociales, y los riesgos de argumentar en su favor en términos utilitarios, como Winner y Cooper señalan en su estudio de 2001, “Mute Those Claims: No Evidence (Yet) for a Causal Link between Arts Study and Academic Achievement”, es lo que hace que la educación musical sea especialmente vulnerable: si estas aseveraciones terminan no siendo comprobadas o no se cumplen, como el estudio de Winner y Cooper sugiere, entonces la justificación para la educación musical desaparece – algo que ellos enfáticamente no quieren que suceda.

Algo que también se deja de lado son las formas musicales que no encajan tan bien dentro de este discurso específico de acción social – por ejemplo, el hip hop, que alienta a las personas a que se enojen con el statu quo liderado por el gobierno conservador. Lo que parece suceder como resultado de esto es que surge un nuevo tipo de estratificación, uno que confiere más valor ciertas actividades musicales (y les provee de mayor financiamiento) que a otras. Y, tal vez por coincidencia, tal vez no, la nueva estratificación produce una imagen algo antigua, una que tiene a la música clásica en primera fila. De alguna manera, ya sea que se utilicen criterios sociales o estéticos, la música clásica siempre termina ganando. Si estamos interesados seriamente en estos temas, entonces debemos preguntarnos porque sucede. ¿El problema está en la música que no es clásica, la cual simplemente tiene menos valor sin importar como la miremos; o está en las formas en que las diferentes formas musicales son evaluadas?

Yo diría (y me baso en una tesis reciente de Gustavo Borchert al igual que en mi propio trabajo) que la música clásica gana en el juego de “acción social a través de la música clásica” porque en su disfraz sinfónico y en la esfera discursiva de aplicaciones de financiamiento, es el género que está mejor ubicado para (decir) apoyar al statu quo y producir súbditos dóciles, disciplinados y productivos para el capitalismo. En otras palabras, existe un curioso tipo de inacción social en el meollo de estas propuestas.

Estoy consciente de que la visión clásica adorniana sería exactamente lo opuesto, pero realmente no creo que Adorno hubiese encontrado nada revolucionario en El Sistema, de hecho creo que lo hubiese reconocido como un ejemplo de la industria de la cultura de la cual él era tan receloso. Y estoy consciente que existe una posible distinción entre la música clásica y la música sinfónica, aunque tengo que resaltar que la orquesta sinfónica retiene gran parte del capital cultural de la música clásica, incluso cuando toca algún repertorio popular. Así que no creo que mi argumento sea impecable. Pero sí creo que el discurso de la música como acción social hace dos cosas que son potencialmente riesgosas en el largo plazo: primero que nada, reduce la importancia de la música en general; y segundo, reduce la importancia de ciertos tipos de música en particular.

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