Sobre las patrañas y El Sistema

5/6/2015

Esta entrada sirve de complemento a la anterior que escribí sobre el tema de la censura. En esa ocasión, examiné el impulso que existe para suprimir o restringir el libre flujo de ideas en la esfera de El Sistema. En esta ocasión, abordaré el otro lado de la moneda: la producción de un voluminoso discurso por parte de El Sistema y sus seguidores en el exterior, uno que – al igual que la censura – actúa como un freno para el entendimiento.

Me he inspirado, y no por primera vez, en el trabajo de Eleonora Belfiore – en este caso, su artículo de 2009, “On bullshit in cultural policy practice and research: notes from the British case” (“Sobre las patrañas en la práctica y la investigación de la política cultural: observaciones del caso británico”). Recomiendo este artículo a cualquier persona que esté familiarizada con la esfera de El Sistema y quiera profundizar un poco más sobre el tema.

El artículo de Belfiore se basa en un famoso ensayo del filósofo estadounidense Harry G. Frankfurt titulado “Sobre las patrañas” (en inglés, “On Bullshit”):

Según el análisis conceptual de Frankfurt, existen dos aspectos centrales en la noción de las patrañas, concretamente, la ‘inconsciencia’, o un enfoque que ignora por completo la verdad por parte de quien dice las patrañas (p. 30), y el hecho que detrás de cualquier patraña existe alguien que intencionalmente está engañando a sus interlocutores para poder perseguir sus propios intereses y objetivos (p. 56).

El argumento de Belfiore es que hace unos quince años, los políticos británicos abogaban a favor del subsidio de las artes basándose en argumentos los cuales ellos sabían eran débiles, no probados o incluso desmentidos. Aseguraban categóricamente que las artes tenían un impacto socio-económico positivo sabiendo muy bien que este tipo de afirmaciones no estaban respaldadas por ningún tipo de investigación rigurosa; de hecho, un estudio comisionado por el gobierno mismo sugirió que estos efectos en realidad eran mínimos. En resumen, su artículo sostiene que “muchos de los actores principales en el debate de la política cultural demostraron su inexistente enfoque en la verdad, la ‘indiferencia hacia como son las cosas’ (p. 34), al igual que la cultivación de intereses personales a los cuales Frankfurt atribuye el proceso de generación de patrañas”.

Dado su enfoque en la política cultural, Belfiore tiene un interés particular en el ámbito de la política y la vida pública, las cuales “a menudo son consideradas como un espacio privilegiado para la mentira y las patrañas”. Se centra en la idea de Mayhew (1997) que indica que “la comunicación en el ámbito público se ha visto dominada por especialistas profesionales (al igual que por políticos de carrera) que utilizan técnicas que provienen de la publicidad, la investigación de mercados y las relaciones públicas para maximizar el efecto de los mensajes políticos y minimizar la posibilidad de que sean sometidas a escrutinio”. Como indicó el mismo Mayhew: “La retórica utiliza argumentos presagiados y dudosos que no son más que muestras simbólicas de argumentos más profundos que el interlocutor dice poder profundizar de ser necesario”.

Una sección clave del artículo habla del ex Secretario de Estado para la Cultura, Chris Smith, quien había sido uno de esos políticos que había abogado fervientemente a favor de los subsidios culturales por razones instrumentales. Luego de dejar el cargo, reflexionó sobre sus años como secretario de cultura y comentó lo siguiente:

Piensen un momento en el pobre ministro, quien, para empezar, se enfrenta a la difícil tarea de obtener mayores fondos del Tesoro. El Tesoro no está interesado en los méritos intrínsecos del fomento de la belleza o en la promoción de la poesía o incluso en ‘mejorar la calidad de vida’. Así fue que, en mis años como Secretario de Estado reconocí desvergonzadamente que en la batalla a la que me enfrentaría ante el Tesoro, debía tratar de tirar los hilos adecuados. Tendría que hablar del valor educativo de lo que se estaba haciendo. Tendría que apasionarme con artistas trabajando en las escuelas. Tendría que referirme al valor económico que puede ser generado a través de la actividad creativa y cultural. Debía contar la cantidad de personas adicionales que visitarían los museos. Si podía ayudar a recaudar más fondos para las artes, entonces el argumento valía la pena ser presentado. Y hasta el día de hoy estoy totalmente convencido que fue el camino correcto. Si no hubiese tomado ese tipo de posiciones, las artes hubieran quedado en condiciones mucho más precarias.

Smith tomó lo que Belfiore llama una “posición ética consecuencialista”. El creía que las patrañas estaban justificadas por los resultados positivos – es decir, que el fin justificaba los medios.

Es fácil darse cuenta de la relevancia del artículo de Belfiore en el caso de El Sistema. José Antonio Abreu es tanto político como músico; de hecho, al igual que Chris Smith, fue Ministro de Cultura. Creó un programa de entrenamiento orquestal en 1975 y pasó los siguientes 40 años tratando de incrementar la cantidad de dinero que recibía del gobierno y de varias otras organizaciones importantes para financiar su expansión. Es una figura muy famosa por su capacidad de persuasión, siendo comparado a un encantador de serpientes y reconocido por su habilidad como orador. Sus aforismos – los cimientos filosóficos de El Sistema – se parecen a las “muestras simbólicas” de Mayhew, maximizando los efectos y minimizando el escrutinio. Al mover a El Sistema de ministerio en ministerio, fue un importante proponente de “una estrategia de ‘adhesión de políticas’, a través de la cual las artes, las cuales son un área de la política pública que dispone de fondos reducidos y poco peso político, se fueron adhiriendo progresivamente a las agendas sociales y económicas, beneficiándose de esta manera de los presupuestos más grandes y de la mayor influencia política de dichas áreas de la política pública” (Belfiore & Bennett, “Beyond the ‘Toolkit Approach’” (2010)). Con este proceso, su proyecto sufrió una transformación retórica, pasando de ser un programa musical a un programa social.

Como lo he indicado en otras oportunidades, gran parte del discurso actual de El Sistema sobre los impactos sociales se consolidó durante los años 1990 y principios de los años 2000, mucho después de la creación del programa, cuando se vio presionado en varios frentes. La creciente prominencia de las afirmaciones sobre el poder la música para promover la inclusión social y superar a la pobreza y el crimen no se vio impulsado en ningún tipo de evidencia que haya surgido en aquellos años, sino más bien en la necesidad de obtener mayor apoyo político y económico en condiciones que eran desfavorables. La cita de Chris Smith resuena con la forma en la que Abreu encaró sus negociaciones con los políticos (por sobre todo con Chávez) que tenían muy poco interés en la música clásica y muy poca simpatía por El Maestro mismo.

Puede sonar vulgar el sugerir que muchas de las afirmaciones más icónicas de El Sistema son patrañas, pero estoy usando esta palabra más en el sentido que le da Franklin que en el sentido coloquial: estas afirmaciones no están principalmente avocadas en la verdad, y son realizadas con el fin de procurar intereses y conseguir objetivos. De hecho, yo diría que las patrañas en este sentido puede que sean ciertas y no se refieran a mentiras como es normalmente el caso; solo que no sabemos si este es el caso o no, y la verdad es de muy poca importancia para aquellos que las dicen.

¿Qué importancia tiene todo esto? Después de todo, bien se podría decir – como lo hizo Chris Smith – que el decir patrañas sobre los impactos socio-económicos de las artes está completamente justificado por sus resultados (un mayor financiamiento). Las patrañas son un importante motor de los subsidios culturales: solo hace falta ver al BID, el cual ha otorgado 170 millones de dólares a El Sistema en un lapso de 17 años sin ningún tipo de evidencia contundente sobre la efectividad del programa – una situación extraordinaria en lo que se supone es un mundo cada vez más basado en cifras. ¿Es realmente necesario desenmarañar todas estas patrañas si es que efectivamente funcionan? ¿No deberíamos unirnos a miles de otras personas en sus elogios y aplausos para Abreu por su astuta estrategia y abordar otras preguntas?

Es importante para aquellos que estamos interesados en acercarnos más a la verdad sobre El Sistema. Es importante para quienes estamos interesados en la acción social a través de la música; el identificar a las patrañas por lo que son nos lleva a seguir pensando y cuestionando en lugar de creer que la respuesta ha sido encontrada. Es importante porque nos plantea la siguiente pregunta: ¿Si la acción social es una herramienta que hay que utilizar, cuales son los intereses más profundos en juego?

En lo que concierne a la recepción de El Sistema y mi libro sobre éste programa, podemos observar que quienes están interesados en promover proyectos o formas de arte específicas han tenido una tendencia a aplaudir las patrañas muy bien elaboradas y a ignorar a las críticas, mientras que los investigadores han sido más escépticos. En especial, me ha impresionado el hecho que las tres reseñas más negativas que ha recibido mi libro fueron escritas por críticos de música clásica, y las tres más positivas fueron realizadas por académicos de la educación musical. Esto es muy revelador cuando nos ponemos a analizar a los intereses de quién es que El Sistema sirve realmente detrás de las patrañas sobre la transformación social y la revolución educativa. Si en el Reino Unido las armas retóricas fueron desplegadas por los políticos para conseguir más fondos para las artes en general, en Venezuela son utilizadas para incrementar el flujo de recursos para el proyecto personal de Abreu y el objetivo original de El Sistema: el entrenamiento de músicos de orquesta.

Es así que detrás de la retórica social, la esfera de El Sistema está impulsada en gran medida por promotores de la música clásica que ven que su cultura está siendo amenazada y las oportunidades para sus músicos son cada vez menores. El programa continúa siendo – por lo menos en parte – una apuesta por parte del sector de la música clásica para preservar o incrementar su pedazo de la torta, tal y como lo fue en un principio en 1975. No hay nada de malo con tener estos objetivos, pero han sido ofuscados por patrañas sobre como la procura de estos intereses producen impresionantes beneficios para la sociedad en general.

Visto desde esta perspectiva, El Sistema es un excelente caso de estudio sobre cómo obtener fondos para una actividad cultural específica, pero revela poco si estamos interesados en saber cómo es que las artes impactan positivamente a la sociedad, o si es que estos efectos existen del todo. Quienes estén interesados en la sobrevivencia de las orquestas sinfónicas o la música clásica en general en el siglo veintiuno tienen mucho que aprender, pero no así quienes estén interesados en comprender los impactos sociales de la música.

Esto plantea otra pregunta que es fundamental en el artículo de Belfiore: la relación entre la investigación y la promoción. Sin embargo, en lugar de presentar un simple binario, ella resalta su problemática interrelación:

Uno de los problemas con muchos de los estudios que se han llevado a acabo sobre los impactos sociales de la música es que han sido marcados por una profunda confusión entre una investigación genuina y una investigación con fines promocionales. La tentación de formular preguntas de investigación en términos favorables para la elaboración de políticas (o para la promoción de ideas) es muy evidente en este campo, lo que ha llevado que a menudo las investigaciones se enfoquen en preguntar como los supuestos impactos sociales positivos de las artes pueden ser medidos o incrementados, en lugar de preguntar si efectivamente las artes tienen los impactos sociales que dicen tener, si se puede esperar que estos impactos sean positivos y, de manera más general, si es que es posible generalizar las experiencias de las personas dentro de ciertas formas de arte, en diferentes formas de arte y entre una población muy diversa representada por quienes participan en las artes.

Su respuesta es el proponer “valores de investigación anti-patrañas”, fundados en un escepticismo radical. También llama a esto “valores de investigación críticos”, utilizando la palabra crítico “para referirse a la investigación desinteresada, la cual es indiferente ante los requerimientos de la promoción – considerando a esta última como una actividad completamente legítima pero al mismo tiempo totalmente diferente e idealmente separada por completo de la investigación explorativa”.

Belfiore no infiere que los académicos son superiores a los demás – hasta dedica una sección a “las patrañas del tipo académico” – pero sí sugiere que es más probable que las patrañas surjan de una actividad promocional que de una investigación desinteresada. Es por esto que la investigación académica crítica es esencial en el caso de El Sistema, un punto que debatí por primera vez con Eric Booth casi tres años atrás y que aún parece ser objeto de controversia para ciertos grupos en el ámbito de El Sistema. La mayoría de las personas dentro de la esfera del programa creen o dicen que es necesario realizar más estudios, pero, ya sea de manera implícita o explícita, muchos de ellos consideran que el valor de las investigaciones yace en probar lo que ellos consideran es cierto de manera instintiva y proveer un fundamento más firme para lo que ya se encuentran haciendo. Incluso el BID ha trabajado de esta manera: primero financiemos el proyecto, basándonos exclusivamente en corazonadas, y luego buscamos pruebas para justificar el financiamiento. Y si no se encuentra evidencia, pues, igual continuamos financiando el proyecto. Un investigador al cual no se lo percibe como alguien alineado con los valores y creencias del sector, o cuyos descubrimientos contradigan a dichas creencias, probablemente será tratado con displicencia.

El acto de promocionar ideas es sin dudas esencial para poder conseguir cualquier cosa; nadie creará un programa de educación musical debatiendo detalles filosóficos en una publicación académica. No obstante, los estudios críticos también son esenciales porque pueden proveer frenos y contrapesos para evitar sobrepasarse con patrañas que aunque sean efectivas, no dejan de ser patrañas. Algunos personajes influyentes dedicados a la promoción de ideas o proyectos se preocupan menos por presentar un reporte o una historia que sea cierta o coherente y más por saber si éstos son beneficiosos para su visión, por lo que la investigación anti-patrañas provee un contrapeso necesario.

Tomemos como ejemplo el famoso (o infame) reporte del BID con su relación costo-beneficio de 1:1.68 (véase mi primer entrada de blog y mi libro para mayor información). Este dato fue utilizado y citado durante años por los admiradores de El Sistema, no obstante, nadie se tomó el trabajo de revisar los cálculos que llevaron a dicha cifra. Nadie parecía estar genuinamente interesado en saber si era correcta o no, solo si es que era útil para sus intereses y objetivos. Fue necesario que un investigador crítico examine el reporte, se consiga otro documento del BID, hable con un funcionario del banco y revele las fallas.

Es posible que los investigadores y quienes se dedican a la promoción estén destinados a tener una relación incómoda. La promoción hace que las personas se dejen llevar por un sentido de misión, pasión y compromiso, y cualquiera que no esté de acuerdo con ellos puede terminar siendo irrelevante en el mejor de los casos y un enemigo en el peor de ellos. No obstante, incluso si la relación siempre termine siendo incómoda, no deja de ser necesaria. Ninguno de los dos grupos debería tratar de actuar por su cuenta, pretender que el otro no existe o tratar de reprimir a su contraparte activamente.

En conclusión, yo diría que el producir y repetir patrañas debe ser cuestionado por dos razones: una es práctica y la otra es ética. Primero que nada, el asegurar la existencia de un impacto socio-económico de las artes en base a una evidencia poco confiable simplemente aumenta el riesgo de que la posición de las artes termine más bien más debilitada si es que la debilidad de las afirmaciones sale a la luz (recuerden todo el tema del Efecto Mozart y su desacreditación). En segundo lugar, Belfiore cita el argumento de Frankfurt sobre como las patrañas terminan siendo más dañinas para la sociedad que la mentira misma:

La preocupación moral de Frankfurt es que, en una sociedad que tolera a las patrañas y las considera moralmente menos reprensibles que el mentir, la tentación de realizar cualquier declaración o decir cualquier cosa que con tal que se ajuste a nuestros intereses que generaría esta sociedad terminaría con el paso del tiempo teniendo un efecto dañino. De hecho, la tolerancia de las patrañas puede que eventualmente erosione el respeto que tiene la gente por la realidad, amenazando de esta manera la ética de la veracidad y la consciencia sobre la cual prosperan los espacios públicos saludables.

El caso de El Sistema provee un buen ejemplo del peligroso potencial que tienen las patrañas para empeorar las cosas. Cuando el programa se convirtió en un fenómeno internacional, muchos de quienes se encontraron con él por primera vez no tenían idea de su complejo pasado, su contradictorio presente y sus idas y venidas; así que escucharon las patrañas y pensaron que era la verdad. Y quienes participaban de él no eran ni ingenuos ni inexperimentados: el prestigioso Instituto de Educación de la Universidad de Londres hizo de Abreu un doctor honoris causa debido a que El Sistema había “probado tener una capacidad extraordinaria para reducir los niveles de pobreza, analfabetismo, crimen, abuso de drogas y exclusión”. Sin embargo, nada de eso había sido comprobado, dejando abierta la pregunta sobre dónde había salido una afirmación tan categórica. Así fue que surgieron programas de educación orquestal en todo el mundo con la creencia de que las optimistas afirmaciones de El Sistema eran realidades comprobadas. No obstante, no hubo estudios rigurosos detrás de ellas y siguen sin haberlos al momento de escribir estas palabras. Las patrañas que se habían afianzado en los años 1990 para asegurar la sobrevivencia doméstica del programa de pronto se convirtieron en los cimientos de un movimiento mundial, y mientras más se extendió, menos consciente estaba la gente de su verdadera naturaleza. No obstante, si creemos en la importancia de un espacio público saludable y consideramos que la educación musical tiene un rol en fomentar este tipo de espacio, entonces puede que tengamos que reaccionar y darnos cuenta de la realidad de estas patrañas.