Scripp, Mazzocchi, y una vista desde dentro de El Sistema

La publicación del reporte de Larry Scripp basado en las entrevistas con el violinista venezolano Luigi Mazzocchi es un evento histórico. Hasta donde tengo entendido, es la primera vez desde la publicación de la carta de renuncia de Gustavo Medina en El Mundo en 1999 que un miembro del programa – presente o pasado – ha criticado públicamente a El Sistema utilizando su nombre real, y la primera vez que un testimonio de este tipo ha sido publicado.

Hay muy poco que añadir al relato de Mazzocchi en lo que respecta a la relación entre mi libro y sus palabras, las cuales confirman de manera repetida la veracidad de mi estudio. No obstante, vale la pena mencionar que yo no conozco a Mazzocchi personalmente y jamás tuve contacto alguno con él. Su testimonio es un relato completamente independiente.

En lugar de detallar la gran cantidad de elementos comunes entre nuestras versiones, algo que él ya hizo, quisiera enfocarme en algunos temas más importantes. Uno de ellos tiene que ver con la naturaleza de las memorias de Mazzocchi y su propia carrera. Él ha dejado en claro que mi libro catalizó tanto un análisis más profundo de sus experiencias como sus recuerdos de ellas. Aquí es importante resaltar dos puntos: primero que, como participante de El Sistema, tenía un entendimiento incompleto de su experiencia; el otro tiene que ver con el valor potencial de una etnografía.

Uno de los errores que se cometen al tratar de comprender a El Sistema ha sido su dependencia exagerada en las opiniones de sus líderes, quienes son personas que tienen un interés directo en convencer a los investigadores y observadores externos de que el programa es maravilloso. Actualmente se está dando un cambio hacia el cual se le está prestando más atención a las experiencias y opiniones de participantes comunes. No hay nada malo que puede surgir de este cambio en enfoque, pero también tiene sus limitaciones: una de ellas es que quienes han tenido experiencias negativas puede que simplemente ya hayan abandonado los programas de El Sistema, y por lo tanto no sean tomados en cuenta por los investigadores; la otra es que, como indica Mazzocchi, la percepción que los participantes tienen puede ser incompleta, y puede que consideren ciertas dinámicas problemáticas como algo normal; de hecho puede que muchos ni siquiera se den cuenta de su existencia si es que este tipo de dinámicas son omnipresentes y son consideradas como algo positivo (o al menos no son criticadas) por los demás.

En lo que respecta a las etnografías, siempre he creído que el objetivo de un etnógrafo no debería ser el de mostrarle un espejo a un grupo, una comunidad o una institución en particular, sino más bien el de proveer un análisis que vaya más allá de la percepción que el grupo tiene de sí mismo y empujarlo en direcciones nuevas y productivas, permitiendo así a las personas comprender sus propias experiencias de nuevas maneras. Esto es lo que me pareció especialmente interesante del relato de Mazzocchi. Por supuesto que siempre es bueno que te digan que estás en lo correcto, pero muchos músicos venezolanos ya me lo habían dicho desde que mi libro fuera publicado. Mazzocchi va un paso más allá y revela una relación más dialógica entre el libro y su propia percepción. Lo que veo en su testimonio es el potencial de una etnografía de generar nuevo conocimiento y de esta forma estimular progreso.

Esto abre una ventana hacia el tema más controversial sobre la recepción de mi libro. En un nivel superficial, el relato de Mazzocchi debería ser una lectura incómoda para los defensores y periodistas de El Sistema que menospreciaron mi obra. No obstante, también ilustra el contraste entre el progreso y el estancamiento. Mazzocchi ha utilizado mi libro para profundizar su propio entendimiento de El Sistema y su visión sobre la educación musical progresista fuera de Venezuela. Los críticos, por otro lado, optaron por darse el gusto atacándome y rehusándose a ver algún tipo de valor o utilidad en mi libro, y de esta manera restringieron su potencial para servir como un estímulo para un cambio positivo.

Las consecuencias de este tipo de enfoque van más allá de discusiones personales triviales y egos lastimados. El poner trabas al cambio positivo es algo muy serio para un movimiento que asegura tener como su postulado central a la justicia social. Uno de los muchos problemas que fueron presentados en mi libro que el círculo de El Sistema no se ha molestado en investigar es el caso del abuso y el acoso sexual. El mismo día que lo leí, lo corroboré de forma independiente a través de una música que conozco en una de las orquestas de élite de El Sistema, quién dijo que desde hace ya un tiempo atrás venía siendo acosada sexualmente por su instructor. Aquellos quienes desestimaron las advertencias en mi libro son cómplices de la perpetuación de estas dinámicas, las cuales solo cambiarán si es que existe presión externa sobre ellas. El negar reportes sobre este tipo de injusticias en Venezuela es una mancha en la reputación de quienes aseguran estar en búsqueda de la justicia social a través de la educación musical en otros países.

Dicho esto, siento un extraño sentimiento de empatía hacia mis críticos, pese a que han tratado de silenciarme y atacarme sin descanso. Cuando leí el testimonio de Mazzocchi, me sentí aliviado. ¿Por qué?, me pregunté. Mi libro está basado en decenas de entrevistas, investigaciones detalladas que han sido publicadas y una observación profunda en Venezuela, y muchos músicos venezolanos se han puesto en contacto conmigo desde su publicación para confirmar su veracidad y aportar con más testimonios. ¿Por qué fue importante que Mazzocchi dijera que mi libro estaba completamente en lo cierto? ¿Por qué debería sentirme aliviado con algo que, al fin de cuentas, no es más que una gota en un océano de evidencia?

Porque es difícil creer que la realidad de El Sistema sea tan diferente del mito. Puedo sentir empatía con quienes les cuesta creerlo, porque también me enfrenté a la misma disyuntiva, pese a toda la evidencia que había visto y escuchado. Es por eso que me sentí aliviado cuando me dijeron, una vez más, que estaba en el camino correcto.

Tal vez lo más importante que puedo rescatar del relato de Mazzocchi es su enfoque constructivo. Deja muy atrás los insultos a los informantes y el rechazo de las pruebas, y aborda con seriedad las implicaciones de las realidades de El Sistema para el programa mismo y para sus filiales en el extranjero. Dentro de su visión, un futuro brillante es muy posible, pero solo si estamos dispuestos a admitir y comprender que el pasado ha sido oscuro.

Uno de los puntos más tocados por mis críticos ha sido el tema del balance. Yo dejé muy en claro mi posición – que no estaba buscando ser balanceado, sino que quería traer balance – en la introducción:

En lugar de dictar como estos éxitos, fracasos, beneficios y costos deberían ser comparados los unos con los otros – creando una cuenta balanceada de manera arbitraria – proveeré un contrapeso a la historia oficial que ha sesgado la discusión de manera dramática y dejaré al lector decidir cual tiene más sustancia.

Quienes rechazaron mi obra se rehusaron a debatir en relación a esto, al igual que sobre cualquier otra cosa en el libro. Pero el relato de Mazzocchi ilustra el valor de este tipo de contrapeso. Toma ambos lados de la historia – lo positivo y lo negativo – y los sintetiza en una posición que incita a otros a avanzar, pero con una comprensión completa de lo que dejan atrás. Así es que esto no es lo mismo que decir que la verdad se encuentra entre los dos extremos: para Mazzocchi, al igual que para muchos músicos venezolanos que conozco, la verdad está en los dos extremos al mismo tiempo. Es solo cuando ambos se hacen públicos que existen esperanzas de que se entienda lo que es El Sistema y lo que puede llegar a ser.