“¿Quedan los alumnos expuestos al abuso en la educación musical de élite?”

20/2/2015

Luego de que el famoso director de música antigua y concertista Philip Pickett fuera sentenciado a 11 años de cárcel por abuso sexual contra jóvenes, el debate sobre el abuso en la educación musical especializada ha sido vigorizado en el Reino Unido. A la vanguardia se encuentra el musicólogo Ian Pace, quien ha estado trabajando en este tema y haciendo campaña sin descanso desde hace ya un buen tiempo. Acaba de publicar un artículo titulado “Does elite music teaching leave pupils open to abuse?” (en español, “¿Quedan los alumnos expuestos al abuso en la educación musical de élite?”) y otro que habla sobre el problema desde la óptica de la nueva película Whiplash, ambientada en el ficcional Conservatorio New York Schaffer, una institución que sin duda fue inspirada en la Juilliard School. También ha presentado una “Propuesta de Lineamientos para proteger tanto a los Profesores de Música como a los Estudiantes – un punto de partida para el debate”. Según observa Pace, este no es un problema que se limita al Reino Unido – es prevalente en muchos países con fuertes tradiciones en educación de música clásica. Venezuela no es una excepción, por lo que estos artículos son de especial interés para aquellos interesados en El Sistema.

Aquí una traducción del primer artículo de Ian Pace:

¿Quedan los alumnos expuestos al abuso en la educación musical de élite?

Luego de que el ex profesor de Guildhall Philip Pickett se convierta en el último profesor de música de élite en ser encarcelado por haber violado a algunas de sus estudiantes, el reconocido pianista y profesor Ian Pace plantea la pregunta si necesitamos un cambio fundamental en la manera en la que enseñamos música para poner fin a la explotación y el abuso.

El caso del director Philip Pickett es más que el de un abusador sexual aislado. Pickett era una de las figuras más importantes en la subcultura de la “música antigua” en el Reino Unido, y era conocido por cualquier persona que haya tenido el más mínimo interés en ese tipo de música.

Muchos músicos tenían conocimiento sobre lo que estaba haciendo, pero algunos de ellos se sintieron moralmente obligados a no reportar a una persona que les había ayudado en sus carreras (y podía lastimarlas si se pasaban de la raya), o a alguien que admiraban tanto como músico. Pareciera que continuó siendo protegido durante décadas, lo cual le permitió actuar con impunidad.

Esta no fue la primera condena de un importante “músico antiguo”; en 2007, el reconocido director Robert King fue encontrado culpable de 14 cargos de agresión sexual en contra de muchachos de hasta 12 años de edad, y enviado a prisión por 45 meses. Luego pasado la mitad de este tiempo, King fue puesto en libertad y pudo continuar su carrera como director prácticamente desde donde la había dejado.

Ha habido una serie de reportes y juicios sobre abuso sexual perpetrado por músicos clásicos desde principios de los años 1990, luego en 2013 tuvo lugar el terrible caso de Michael Brewer, el ex Director de Música de la Chetham’s School of Music, quien fue encarcelado junto a su ex esposa Kay por abusar sexualmente, desde sus 14 años, de Frances Andrade, quien trágicamente se quitó su propia vida durante el juicio, actuando como el catalizador para que otras personas denuncien abusos en Chetham y en otros lugares.

Como el organizador de una petición que exige una investigación sobre el abuso en la música, me han hecho llegar muchas alegaciones horrendas (de las cuales un gran número aún no han sido hechas públicas), las cuales provienen incluso desde el exterior en países como los Estados Unidos, Francia, Bélgica, Alemania, Italia y Rusia.

En los últimos meses, el musicólogo Geoff Baker publicó recientemente entre sus descubrimientos numerosas alegaciones de abuso sexual dentro del enorme proyecto de educación musical venezolano de El Sistema, mientras que la compositora Bunita Marcus, en una entrevista con un periodista italiano, ha revelado que el fallecido compositor Morton Feldman la agredió física y sexualmente en repetidas ocasiones a ella y a otras mujeres.

Arrogantes, narcisistas e intimidadores

Las instituciones musicales frecuentemente restan importancia a este tipo de acusaciones (y en ocasiones expulsando o amenazando a quienes las realizan) priorizando sus propias reputaciones, un patrón que continúa luego de las condenas.

Estas instituciones rara vez tienen un acercamiento a las víctimas, las cuales son tan parte de su legado como los exitosos músicos que adornan sus materiales publicitarios.

A menudo, los perpetradores también son individuos arrogantes, narcisistas e intimidadores que están convencidos de sus propia superioridad ante los demás seres humanos, los cuales su único propósito es el de inflar sus egos o ser herramientas en sus carreras.

Este tipo de comportamiento y actitudes no son nada raras entre los músicos, y creo que en este contexto el abuso sexual es a menudo una extensión de un maltrato y abuso psicológico más común utilizado como estrategia de dominación. Pero todo esto es justificado debido a la mística aura de la destreza artística de estos músicos; algunos de sus seguidores, furiosos de que sus ídolos ya no sean tratados como algo especial, los defenderán recelosamente ante cualquier situación, y dirigirán sus ataques o difamaciones hacia cualquier persona que estén en desacuerdo.

En esta cultura rígidamente jerárquica y anti democrática, no debería sorprender que algunos músicos no tuvieron muchos problemas para alcanzar el éxito bajo gobiernos dictatoriales.

Explotación y miedo

Existe un enorme desbalance entre la cantidad de personas que reciben una educación musical de alto nivel, y la cantidad de personas que alguna vez podrá encontrar uno de los limitados puestos de trabajo disponibles en el área.

Entre el gran número de músicos que alcanzan un nivel de competencia básica a través de un buen entrenamiento, los pocos que son exitosos llegan a serlo bajo los auspicios de varios individuos claves – directores, directores artísticos, en algunos casos compositores, productores de radio, críticos importantes – y obteniendo acceso a las redes más amplias en las que ellos viven.

Los profesores también tienen un poder magnético sobre algunos estudiantes, y algunos educadores explotan esta situación para ejercer su poder a través del miedo, la intimidación y la humillación, como así lo reflejaron, aunque un poco toscamente, la película Whiplash, y, un poco más sutilmente, el filme La Pianista.

Todo eso pone a los músicos jóvenes en una posición tremendamente subordinada que es fácilmente manipulada por individuos sin escrúpulos, algo que tanto Pickett como Max Clifford entendieron muy bien.

Aquellos que han experimentado abusos de cualquier tipo pueden tener miedo a reportarlo o incluso a oponerse a ellos debido al peligro que representa para las carreras por las que tanto han trabajado todas sus vidas el alterar el orden establecido.

Existen muchos músicos con decencia que quisieran cambiar gran parte de esto y reemplazarlo por una situación más humana. Pero existe un número similar de músicos que, desafortunadamente, no ven nada malo en un sistema del cual se han beneficiado personalmente, o ven este tipo de temas como algo de trivial importancia comparado con el glorificado campo ‘puramente musical’ en el que habitan.

Con todo esto en mente, pienso que debemos plantear una pregunta controversial: ¿se le puede confiar al mundo de la música clásica que se regule a sí mismo y ponga fin a la abusiva explotación del patronato? ¿O será este el momento de considerar un nuevo nivel de regulación y exigencia de transparencia en todos los niveles, ya sea sobre la decisión sobre quién toca en el foso de un musical en el West End, o quién recibe comisiones de los Proms o los concertos más importantes?

El pianista Ian Pace es un profesor en City University y un activista.