¿Fraude, vudú o el futuro de la música? El debate sobre El Sistema

[25/10/12] El Sistema, el programa de orquesta musical juvenil venezolano encabezado por Gustavo Dudamel y la Orquesta Simón Bolívar, se ha convertido en una especie de vaca sagrada en el Reino Unido y Norteamérica a medida que su fama ha aumentado en los últimos cinco años. Luego de un largo periodo de una amplia y ciega aceptación que por momentos ha sido casi delirante, finalmente ha comenzado un debate genuino en las páginas de la revista Classical Music. En la esquina azul: un crítico musical conservador que solo tiene un conocimiento superficial de El Sistema pero comprende ciertos temas claves y, al parecer, tiene una habilidad sin igual para provocar. En la esquina roja: un grupo de adeptos liberales de El Sistema que conocen más sobre el programa pero que todos, en mayor o menor medida, son empleados o precursores de El Sistema o sus programas derivados y por lo tanto tienen mucho que ganar con su éxito. El resultado es que la imparcialidad escasea, y que lo que en un principio parece ser un debate informado, está plagado de errores y mitos.

El catalizador del debate fue el periodista musical Igor Toronyi-Lalic, quien finalmente pinchó la burbuja de El Sistema con dos artículos críticos publicados a finales de junio, irritando a los defensores del programa al caracterizarlos como “propagandistas” y al proyecto en sí como un “fraude” (“Skeptic’s Sistema”, Classical Music, 30 de junio de 2012). Sin pelos en la lengua, dijo: “No soy partidario de El Sistema por la misma razón que no soy partidario del vudú”. El principal argumento de Toronyi-Lalic era que la evidencia de los tan repetidos efectos positivos de El Sistema era poco convincente. Las refutaciones llegaron en masa y rápidamente. “¿No ha leído los reportes independientes del Banco Inter-Americano de Desarrollo sobre los beneficios colectivos del programa venezolano?”, preguntó Reynaldo Trombetta, Director de Comunicaciones del programa Inglés de El Sistema In Harmony (“Benefits of El Sistema”, Classical Music, 28 de julio de 2012), en relación a un estudio de 2007 que concluyó que cada dólar invertido en El Sistema producía un beneficio de 1,68 dólares para Venezuela. Fue basado en esto que el BID otorgó un préstamo de 150 millones de dólares al proyecto, así que no hay duda de que el estudio tuvo un gran impacto, pero no puedo dejar de preguntarme si el mismo Trombetta había leído el reporte en sí (a diferencia de la posterior propuesta de financiamiento del BID), o si los expertos de El Sistema han seguido los eventos posteriores tan de cerca cómo deberían. Las fallas metodológicas en el estudio de 2007 no son difíciles de encontrar, y luego de rumores sobre sus defectos en privado, el mismo BID se ha distanciado oficialmente del reporte al lanzar una evaluación de 1 millón de dólares que proveerá, según dicen, “la primera evidencia rigurosa de los resultados del programa” cuando sea publicada al final de 2013. Van incluso más allá, admitiendo que el análisis costo-beneficio inicial “fue el resultado de varias suposiciones y no de una medición rigurosa del impacto de El Sistema en los beneficiarios del programa”.

Marshall Marcus, ex Director Musical del Southbank Centre y actualmente un activista global de El Sistema, decidió abordar la espinosa cuestión de la evidencia compilando una lista extremadamente larga de personas que están convencidas de que El Sistema funciona. Por impresionante que sea esta lista, esto no es prueba de la efectividad del programa, así como la larga lista de personas que creen en Dios no es prueba de su existencia.

La falta de evidencia de sus efectos estuvo detrás de la comparación de Toronyi-Lalic de El Sistema con el vudú, para el disgusto de sus partidarios. “El poder transformacional de El Sistema yace, de hecho, en ese caso estrictamente musical”, respondió Tricia Tunstall, autora de Changing Lives: Gustavo Dudamel, El Sistema, and the Transformational Power of Music. “Es debido a la ‘riqueza espiritual’ de la música, ha dicho el Maestro Abreu, que la música puede ‘sobreponerse a la pobreza material’. No hay nada de vudú aquí” (“Defendiendo El Sistema”, Classical Music, 14 de julio de 2012). No sé nada sobre el vudú, pero la idea que la riqueza espiritual puede derrotar a la pobreza material, y la reverencia incondicional a la persona que lo proclama, me suena bastante a algo claramente esotérico.

De cualquier manera, la simple verdad es que, pese a todas las creencias, esotéricas o no, no existe evidencia robusta de que El Sistema venezolano funcione, algo que incluso su mayor financiador, el BID, lo admite. Además, parece claro que no habrán pruebas hasta que la evaluación actual concluya a finales de 2013. [Nota: en marzo 2015 esta evaluación todavía no había sido publicada.] Obviamente esto no quiere decir que El Sistema no funcione, sino de que su supuesto éxito tiene otros fundamentos – principalmente, en las creencias centenarias del inspirador poder de las bellas artes y los méritos más modernos de una sostenida campaña de relaciones públicas.

Toronyi-Lalic fue incluso más allá y aludió de que si la evidencia existiera, puede que tampoco signifique mucho, ya que el hecho de que una inversión intensiva en este programa produjo mejores resultados que si no hubiera habido inversión no demuestra en lo absoluto de que El Sistema fue una forma efectiva de alcanzar sus objetivos sociales. De hecho, sin realizar un análisis riguroso que incluya no solo a El Sistema sino que algún otro programa educacional basado en una forma de arte diferente – música tradicional, por ejemplo, o teatro – sería imposible saber si El Sistema fue una mejor inversión que la educación en formas de arte alternativas, o simplemente mejor que nada.

Al cuestionar la idea de que la música clásica es mejor para la gente, y en especial para los pobres, que otras formas de música, Toronyi-Lalic se mostró perturbado por la sospecha de que “el arte está siendo utilizado para civilizar a las clases bajas”. Pese a que los defensores del programa protestaron indicando lo contrario, esto es precisamente lo que El Sistema cree y está tratando de hacer al hacer eco de las ideas del siglo diecinueve sobre la música y la salvación de las clases bajas.

La educación musical fue promovida entre los pobres en el Reino Unido a mediados del siglo diecinueve como parte de un esfuerzo para promover la moral y la religión. George Hogarth escribió en su libro Musical History (1835): “Siempre que a las clases obreras se les enseñe sobre los placeres del intelecto, e incluso del gusto, para la gratificación de sus sentidos, se producen grandes y favorables cambios en su carácter y modales”. Aludiendo a Handel y a Haydn, añade: “Se despiertan sentimientos que les hacen amar a sus familias y a sus hogares; sus salarios son malgastados en embriaguez; y se vuelven más felices al igual que mejores personas”. En Alemania, Hans Georg Nägeli, en su método básico de canto de 1812, imaginó una sociedad futura ideal como “la época de la música”, la cual “solo comenzaría cuando las bellas artes no solo sean practicadas por representantes, sino que se hayan convertido en una posesión común del pueblo. Tomen grandes cantidades de personas; tómenlas en centenares, en millares; traten de incorporarlas a la interacción humana, y a una interacción en la cual cada individuo reciba y circule ilustración”.

Casi dos siglos después, el fundador de El Sistema, José Antonio Abreu, dijo en una entrevista para la televisión: “El Sistema rompe el círculo vicioso [de la pobreza] porque un niño con un violín comienza a volverse rico espiritualmente: el CD que escucha, el libro que lee, ve palabras en alemán, la música abre las puertas al conocimiento intelectual y todo comienza a partir de allí”. Continuó diciendo, “cuando complete tres años de educación musical va a estar tocando Mozart, Haydn, mirará la ópera: este niño ya no aceptará la pobreza, aspirará a dejarla atrás y terminará derrotándola”. Haciendo eco de las palabras de Nägeli, asegura que, gracias a El Sistema, el arte “ya no será un monopolio de las élites” si no que será “un derecho para todas las personas”.

Doscientos años después de Nägeli, encontramos la misma ideología de mejora moral, espiritual y económica de los pobres a través de las bellas artes europeas. La retórica de El Sistema es, por lo tanto, nada nuevo. Es importante resaltar que el historiador David Gramit subraya como la reforma educacional del siglo diecinueve no trajo consigo un nuevo orden social y económico, sino que reafirmó el existente. Contrasta el lenguaje utópico de Nägeli con una pedagogía que puede ser resumida como “coerción, manipulación y destrucción”. Howard Smither lo corrobora en su historia del oratorio, argumentando que una de las principales motivaciones detrás de la promoción de la educación musical para los pobres era la protección política de las acaudaladas clases media y alta. La música era vista como una forma de mantener a los obreros lejos de los bares, incrementando su productividad y reduciendo sus oportunidades para discutir ideas revolucionarias. Pese a toda esta charla contemporánea sobre un “proyecto social revolucionario” y “la música como acción social”, programas como El Sistema han sido, históricamente, reaccionarios.

Estos programas normalmente conllevan la marginalización de la cultura local popular. Trombetta rechazó esta idea: “En cada uno de los 285 ‘núcleos’ en Venezuela existe por lo menos un conjunto de música folclórica, y cada niño que es parte de El Sistema aprende por lo menos un instrumento folclórico venezolano”. Los admiradores de El Sistema deben creer y repetir esto con frecuencia, pero es un mito. Observé a varios núcleos y estudié uno de los más importantes a fondo; la inclusión de música tradicional venezolana en el programa era mínima o inexistente, y había muy pocos alumnos que habían recibido instrucción en la misma. En los casos en que los estudiantes aprendían a tocar el cuatro (una guitarra pequeña), esta era tratada como la flauta dulce en la mayoría de las escuelas británicas: un instrumento para principiantes que pronto sería abandonado en favor de un instrumento “real” (esto es, orquestal). El personal en algunas escuelas también reportó una resistencia institucional a la introducción de lecciones de cuatro, y cuando se introdujeron las becas, estas solo estaban disponibles para aquellos que toquen instrumentos orquestales. Ya sea que los instrumentos venezolanos sean visibles o no, la jerarquía del valor cultural está más que clara – al igual que las palabras de Abreu sobre Mozart y Haydn, sin siquiera mencionar Simón Díaz o Reynaldo Armas.

Por momentos, esta jerarquización se vuelve tan aguda que Abreu parece olvidar que existen otros tipos de música además de la música clásica, diciendo, por ejemplo, “para mí, la prioridad más importante era proveer acceso a la música a la gente pobre” – como si la gente pobre no hubiese tenido música antes de la llegada de El Sistema. “Mi intención es de tomar a la música, que por lo general es un lujo, y convertirla en un patrimonio cultural accesible por todos”, dijo Abreu, ignorando la enorme cantidad y variedad de música tradicional y popular de su país.

Hay que esforzarse demasiado para no ver la creencia profundamente arraigada de El Sistema de que la música clásica es superior, pero parecen haber muchas personas que están dispuestas a hacer el esfuerzo. “Ninguna persona que participó en la creación de El Sistema, ni siquiera José Antonio Abreu, cree que la música clásica es ‘mejor’ para los niños”, dice Alberto Portugheis, otra persona que se unió al debate (“Benefits of El Sistema”, Classcial Music, 28 de julio de 2012). Obviamente no leyó el comentario de Candace Allen sobre como Abreu veía a la música salsa como “emblemática de los males de caos, crimen y adicción de su país”, y aparentemente no vio el documentario de 60 Minutes en el cual el director de un núcleo de Caracas encapsuló la filosofía de El Sistema diciendo: “Lo que tiene todo el tiempo en la radio de la casa es música popular. Su padre, quien bebe todos los días, se emborracha con esa música. Así que tenemos que darles algo diferente. Y cuando se sientan en una de estas sillas en la orquesta, piensan que están en otro país, en otro planeta, y comienzan a cambiar”.

Actualmente el número de grupos populares y tradicionales en El Sistema se pueden contar con los dedos de la mano – también tiene unas 400 orquestas. Recientemente anunció una nueva iniciativa de música tradicional llamada Alma Llanera – después de 37 años de enfocarse casi exclusivamente en música clásica. En ocasiones, El Sistema muestra pequeñas señales de actividad en relación a la música tradicional, pero sería absurdo decir que no considera a la música clásica como una mejor herramienta para la mejora moral y espiritual.

Tunstall rechaza la acusación de Toronyi-Lalic de colonialismo cultural diciendo que de alguna extraña manera Abreu fue parte de “un grupo indígena que reclamaba que las bellas artes sean su derecho de nacimiento”. Abreu es en realidad parte de la élite social venezolana y es el nieto de inmigrantes italianos cuya casa, un santuario a Dante, Shakespeare y Verdi, causó una gran impresión en él. No hay duda que no es una coincidencia que, según la historia oficial de El Sistema, todos sus compositores favoritos sean europeos. Es simplista desestimar el tema del colonialismo cultural por el simple hecho que es venezolano: el eurocentrismo ha sido una característica importante de las élites latinoamericanas desde su independencia de España a principios del siglo 19, y los gustos musicales de Abreu y la ideología de la educación musical revela su apego a esta venerable tradición. Está muy interiorizado con las suposiciones culturales europeas y educacionales y ha pasado los últimos 37 años diseminándolas en todo Venezuela, con un enfoque incluso más grande en “civilizar” a los pobres de la misma manera que sus predecesores en el siglo diecinueve en Europa – un programa conservador que solo se ve radical ante los ojos de observadores liberales en el exterior porque tiene lugar en Venezuela y está enfocado en niños pobres y mayormente no-blancos.

Un proyecto de este tipo tampoco no es una novedad en Sudmérica: trae consigo la memoria de la conquista (musical) española de hace casi cinco siglos atrás, cuando los misioneros y hombres de la iglesia se dispersaron por todo el continente y comenzaron fundar escuelas que enseñaban música como materia principal. Su objetivo tenía dos caras: el llenar las iglesias con músicos locales, e inculcar en la población indígena lo que los españoles llamaban policía – un término complejo que incluía orden, cristiandad y civilización. Fue así que por casi medio milenio las élites sociales en América Latina han tratado de “civilizar” o “mejorar” a los pobres y/o niños de piel más oscura a través de la educación musical al estilo europeo, al mismo tiempo que se aseguran de que las instituciones locales se llenen de su música favorita.

Mientras que en el periodo colonial la atención estaba sobre la música de la iglesia, hoy en día está sobre la orquesta sinfónica. Aun así, con toda la emoción con la orquesta como “un medio de organización social” y “una escuela de la vida social”, las realidades a menudo desagradables de estos grupos musicales – en Venezuela tanto como en otros lugares – son casi siempre ignoradas. El cuestionamiento presentado por Toronyi-Lalic sobre la idea de que “el hecho de ser parte de una orquesta siempre es beneficioso” está respaldado por muchos estudios de orquestas profesionales que revelan una alta tasa de problemas físicos y psicológicos entre sus miembros y un descontento general con sus carreras. Tunstall, al igual que la mayoría de los defensores de El Sistema, insiste que “El objetivo de El Sistema nunca ha sido el de crear músicos profesionales”, una extraña afirmación dado que el programa comenzó en un conservatorio (el Juan José Landaeta), una de sus premisas principales en un principio era precisamente la de dotar las orquestas venezolanas de músicos venezolanos, y hoy en día un importante número de estudiantes ya están recibiendo salarios por tocar en una orquesta y buscan eventualmente unirse a alguno de los grupos musicales más importantes como la Orquesta Sinfónica (profesional) Simón Bolívar. Dada la forma en que las dos zanahorias de la paga y las orquestas de élite son guindadas en frente de los estudiantes para motivarlos, hace tanto sentido decir que El Sistema no apunta a crear músicos profesionales como decir que la academia del Manchester United no tiene como objetivo crear futbolistas profesionales.

Los simpatizantes de El Sitema, según Toronyi-Lalic, no han logrado hacer las penetrantes preguntas sobre la política de El Sistema: la relación entre Abreu y la revolución bolivariana de Hugo Chávez, o los famosos sacos de color de la Orquesta Sinfónica Juvenil Simón Bolívar. Las respuestas resaltaron su punto, revelando un pobre entendimiento de las realidades políticas en cuestión. Tunstall contestó: “A lo largo de los 35 años de historia de El Sistema Abreu cuidadosamente ha establecido buenas relaciones con cada uno de los siete regímenes sucesivos que han estado en el poder, los cuales han gravitado entre la extrema derecha y la extrema izquierda, al mismo tiempo que escrupulosamente evitó identificarse con cualquiera de estos regímenes. Y continúa haciéndolo. ¿Y esos ‘colores del estado’ que miembros de la orquesta utilizan en ocasiones? Han sido los colores del estado desde 1810. No son emblemáticos de Hugo Chávez; representan a Venezuela”. Uno se tiene que preguntar cómo fue que Abreu evitó identificarse de manera cercana con el segundo gobierno de Carlos Andrés Pérez, considerando que fue ministro de cultura en esa ocasión. Sobre los colores: el saco tiene ocho estrellas, la octava de las cuales fue añadida a la bandera nacional en 2006 – por Hugo Chávez.

Marcus toma una posición similar en el tema de la política, sugiriendo que “probablemente, ceteris paribus, Abreu y Dudamel preferirían alejarse por completo de la política”. Esto parece ser algo poco probable, ya que Abreu estuvo estrechamente ligado a la política desde sus veintes mientras estudiaba en la Universidad Católica Andrés Bello y, luego de codearse con varias importantes figuras políticas, pasó cinco años como diputado en el parlamento en los años 1960, además de sus cinco años como ministro de cultura. La compleja relación entre Abreu y Chávez, dos figuras intensamente políticos de extremos opuestos del espectro político, es algo que apenas ha comenzado a ser explorado en el mundo de habla inglesa.

Finalmente, Toronyi-Lalic dirigió sus críticas hacia otros periodistas, a quienes acusó de no preguntar “ni siquiera las preguntas más básicas a esta organización. La prensa de izquierda ha publicado el tipo de irreflexivo encubrimiento de El Sistema que por lo general es característico del tratamiento de la reina madre en las páginas de The Daily Mail”. Tal vez la palabra encubrimiento es muy fuerte, pero no hay duda que, con tan solo una o dos excepciones, el análisis crítico ha sido limitado en la prensa británica. Sin importar lo correcto o lo equivocado de los argumentos de Toronyi-Lalic, ha logrado suscitar un debate público – y eso solo puede ser algo bueno para aquellas personas que genuinamente quieren conocer El Sistema a fondo y descubrir si efectivamente es un fraude, vudú, o como Sir Simon Rattle cree, “el futuro de la música”.

Advertisements