Explorando la superficialidad: Nicholas Kenyon sobre “El Sistema: Orquestando a la Juventud Venezolana”

17/10/2015

Nicholas Kenyon es una muy importante figura internacional en el mundo de las artes. Es el actual director del Barbican Centre, fue director de los Proms, y estuvo a la cabeza del mismo en 2007 cuando la Orquesta Sinfónica Juvenil Simón Bolívar (OSJSB) hizo su famoso debut. También es un prolífico escritor y un intelectual serio. Su libro Authenticity and Early Music (1987) fue la primer obra de musicología que leí y me encaminó a una futura carrera como investigador musical.

No obstante, mentiría si dijera que estaba ansioso por leer su reseña de El Sistema: Orquestando a la Juventud Venezolana en el New York Review of Books. Él mismo me dio a entender que había escrito una crítica muy dura. Pero estaba más preocupado por el hecho de que todas las obras académicas tienen sus defectos, y luego de una serie de reseñas inconsecuentes en la prensa, pensé que alguien de la talla de Kenyon podría haber encontrado fallas genuinas en el libro.

La verdad que no debí haberme preocupado. Sin lugar a dudas,la reseña tendrá un impacto: servirá para restar legitimidad a mi libro y mejorará la reputación de El Sistema. Sin embargo, tal y como sucedió con anteriores intentos de este tipo, su contenido no resiste el menor escrutinio, lo que al fin y al cabo es lo que me interesa.

Todo esto proviene de la posición de Kenyon como una figura de alto nivel que aboga en favor de la música clásica y la música orquestal en particular. Según él, para mí, “el ser un músico en una orquesta consiste en hacer simplemente lo que otra persona diga, y eso es inaceptable”. Pero esto es inaceptable porque él es el director de un importante centro orquestal, no porque sea claramente falso. Para mis entrevistados en Venezuela se trataba de una perogrullada, y este tipo de opiniones no están limitadas a ese país. En la etnografía que Stephen Cottrell realizó sobre los músicos orquestales profesionales en Londres (el mismo círculo de Kenyon), el autor cita a uno de ellos diciendo: “Básicamente, lo que haces es subyugar a toda tu persona, todas tus ideas, tus ideas personales, simplemente tienes que desecharlas. Debes decir, está bien, yo no importo. El tipo que está en el podio, él es quién importa”. Otro de ellos dice: “La verdad es que el estar en una orquesta es algo parecido a estar en un estado comunista, en el sentido que tienes al Presidente Mao en frente tuyo”. Obviamente esto no es una prueba definitiva, pero el encontrar mis palabras como “inaceptables” requiere de una considerable sordera con respecto a las voces tanto de músicos como académicos – un punto al cual regresaré más adelante.

“Para defender su argumento, Baker se basa en fuentes tan dudosas como la memoria de mal gusto de Blair Tindall, Mozart in the Jungle: Sex, Drugs and Classical Music (2005) (en español, Mozart en la Jungla: Sexo, Drogas y Música Clásica) para criticar las estructuras prevalentes de la vida orquestal”. Viniendo de un peso pesado del mundo académico, esta oración es decepcionantemente engañosa. Mis breves referencias al libro de Tindall representan un pequeño porcentaje de cientos de citas académicas y las utilizo simplemente para añadir color a un argumento muy serio que ha sido presentado en repetidas ocasiones por parte de musicólogos, sociólogos e incluso líderes de las artes. Hay varias obras que son muchísimo más importantes y vitales en la fundamentación de mis argumentos. Entre ellas están la enorme obra académica de Spitzer y Zaslaw, The Birth of the Orchestra: History of an Institution, 1610-1815, o “Why They’re Not Smiling: Stress and Discontent in the Orchestra Workplace” (un estudio co-escrito por un psicólogo y un ilustre músico orquestal), o las obras del experto en organizaciones Richard Hackman. Pero Kenyon ignora todas estas fuentes académicas, elige la única anecdótica, y da a entender que es algo típico en el libro y no así una excepción, reemplazando así un análisis crítico por una caricaturización. La calidad de una reseña se mide según su capacidad de llegar al corazón del argumento, no la de enfocarse en banalidades. Su objetivo debería ser iluminar, no engañar.

“La naturaleza esencialmente colaborativa de gran parte de la producción de la música orquestal es algo que nunca reconoce, o se niega a hacerlo”, escribe Kenyon. Sin embargo, Abreu, el fundador de El Sistema, cree que una orquesta debe funcionar como un reloj suizo. ¿Podría alguien decir que las piezas de un mecanismo “colaboran” entre ellas? Es Kenyon quien no quiere reconocer el gran número de objeciones en el mundo académico a su visión color de rosa de la producción de la música orquestal, un tema que toco en el libro. Desafortunadamente, este es el método de Kenyon: el ignorar tanto mis argumentos como la extensa literatura académica sobre la cual se basan para luego reciclar tópicos en su lugar.

“Las mejores interpretaciones se llegan a realizar solamente a través de un acuerdo musical – tal y como cualquier persona que haya presenciado interpretaciones musicales en las que no existe consenso podría constatar”. Aquí es en donde el argumento de Kenyon se aplaza por completo. Elogia a las interpretaciones de la OSJSB, pese a que éste es un ensamble autoritario y rígido, apodado por músicos como la Orquesta de la Esclavitud Venezolana. Además, el detallado estudio académico de Hackman encontró que existe una correlación entre la calidad de la interpretación musical y el liderazgo autoritario en el mundo orquestal. Por lo tanto, tanto los estudios sobre el tema como los oídos de Kenyon apuntan a lo contrario de su conclusión: cuando de orquestas se trata, el sonido de la autocracia es electrizante.

Este no es único ejemplo en el que la lógica de los argumentos Kenyon se viene abajo. Comienza muy prometedoramente en lo que respecta a la historia de El Sistema: “no hay dudas que en sus inicios no era el proyecto educacional y de amplio alcance social que es hoy en día, sino que estaba completamente enfocado en el entrenamiento orquestal”. Pero líneas abajo encontramos lo siguiente:

“Cuando Hugo Chávez llegó al poder en 1999, Abreu se ganó su apoyo al enfatizar que El Sistema era un proyecto social que resultaría atractivo para el régimen socialista de Chávez. Esto es presentado por Baker como si estuviera manchado de corrupción: no obstante, fue totalmente compatible con los esfuerzos de Abreu para preservar la visión básica de El Sistema”.

Primero, Kenyon acaba de aceptar que la visión básica de El Sistema era el entrenamiento orquestal, no el trabajo social, y segundo, yo no sugiero que este cambio de imagen sea corrupto, sino más bien estratégico – una diferencia muy importante. Si Abreu estaba dispuesto a decir lo que sea que a Chávez le hubiese gustado escuchar para preservar el apoyo estatal hacia un programa de entrenamiento orquestal a gran escala, entonces su posición fue sin lugar a dudas estratégica, lo que nos lleva a la pregunta fundamental que Kenyon se omite: si este proyecto musical fue rebautizado como un proyecto social a medio camino para poder hablar en un lenguaje que los políticos entendiera, ¿Qué tan en serio se deberían tomar sus aspiraciones de acción social? ¿Realmente se lo puede tomar como un modelo de educación musical con orientación social en todo el mundo?

El entusiasmo de Kenyon por la OSJSB, y en especial por su famosa presentación de 2007 en el Proms (la cual, como director del mismo, él supervisó), no tiene límites, a menos en un principio: “Se trataba claramente de un tipo de ensamble diferente que parecía representar una idea jovial sobre la cual la orquesta podía reinventarse”. Mi libro también comenzó así, por su puesto; yo creía exactamente lo mismo. A lo largo de 360 páginas, explico cómo descubrí que estaba equivocado, pero a Kenyon le interesa muy poco conocer las realidades con las que me encontré en Venezuela. Un buen ejemplo de nuestro error quedó claro cuando la orquesta Simón Bolívar vino a Londres a principios de 2015. Richard Morrison, escribido para el Times, resaltó que los conciertos – enfocados en las obras de Beethoven, Mahler y Wagner – no fueron muy diferentes de lo que se pueden escuchar cualquier noche de la semana de una de las cinco orquestas de Londres. Concluyó diciendo: “El hecho que la pieza más memorable – el efervescente y ecléctico Tres Versiones Sinfónicas de Julián Orbón – sea la única muestra de música latinoamericana en el programa pareció ser sintomático de una crisis existencial. Los Bolívares sacudieron al mundo al ser irresistiblemente joviales, iconoclastas y venezolanos. En su proceso de ‘maduración’ se volvieron igual al resto. Y parece que ya no se divierten”. En otras palabras, lo que había parecido ser cierto en 2007 – tanto para mí como para Kenyon – ya no era tan convincente ocho años después.

Esto es algo de lo que Kenyon se da cuenta, e incluso admite:

“La creciente inclusión en gran escala de repertorios de Europa Central en detrimento de su música nativa por parte de la OSJSB, además de su reciente adopción de trajes formales tradicionales para sus giras de Wagner y Tchaikovsky en los principales salones de conciertos de Europa, demuestran una convencionalidad que no es parte del espíritu con el cual El Sistema fue concebido”.

Sin embargo, es cuidadoso al mantener a este pasaje bien alejado de la parte sobre la reinvención y el ideal jovial y de sus entusiastas descripciones de la OSJSB en el Proms, permitiendo así que la visión color de rosa tenga bastante tiempo para afianzarse en la mente del lector. Además, y no por primera vez, Kenyon parece no haber seguido la lógica de su propia posición. Después de todo, sabe que El Sistema comenzó como un programa de entrenamiento orquestal, y si hubiese investigado más a fondo, hubiera descubierto que el objetivo inicial de Abreu era el de poner a Venezuela en el mapa del mundo orquestal para que esté a la par de otros países, y su enfoque fue en obras maestras europeas desde un principio. Es así que la idea de tocar Wagner y Tchaikovsky en trajes formales tradicionales en los principales salones de conciertos de Europa encaja exactamente con el espíritu con el cual fue concebido El Sistema. Su primer concierto consistió de Bach, Handel, Mozart y Vivaldi; el show populista de mambo que Kenyon y yo vimos en 2007 fue un cambio mucho más reciente.

Por ratos no logra ser consecuente con su propia lógica; en otras ocasiones no logra seguir la mía. Afirma categóricamente que: “Baker no deja en claro si es la música en sí, las instituciones que la promueven o la forma en la que se la aprende lo que considera cuestionable”. Parece que Kenyon invirtió el procedimiento estándar de un crítico y en lugar de leer sólo la introducción, se la saltó por completo. Si hubiese llegado por lo menos a la página 12, hubiese leído que: “El objeto de mi crítica […] no es la música clásica en sí sino las instituciones, las pedagogías y las prácticas que la canalizan”. Incluso el crítico más prejuiciado no podría afirmar que esto no fue dejado en claro. También indica que yo no reconozco los logros de El Sistema sino hasta la página 308. Esto es objetivamente incorrecto, ya que en la introducción hubiese encontrado lo siguiente (y más):

“Esto no quiere decir que el El Sistema no haya tenido numerosos aspectos positivos. Ha llevado una actividad cultural a muchos niños; su escala e intensidad son impresionantes; y jóvenes de condiciones humildes han recibido oportunidades extraordinarias. Dedicados profesores de música trabajan en todos los rincones de Venezuela. Miles de niños están disfrutando de hacer música bajo su dirección, en muchas casos beneficiándose de la atención personal de un adulto, de sociabilidad con sus pares y de los beneficios cognitivos del aprendizaje musical infantil”.

El leer la reseña de Kenyon se parece menos a una dura crítica personal y más a una conversación con alguien que habla muy fuerte por encima de ti y apenas escucha lo que le dices. “En décadas recientes, y cada vez con mayor frecuencia, han surgido prioridades que poco tienen que ver con un apego riguroso a partituras escritas en la producción musical entre la gente joven: la creación, la improvisación, el uso de fuentes no-clásicas y la destrucción de las barreras entre la música clásica y otros géneros están reflejadas en las cada vez más diversas disciplinas y orígenes de los cuales provienen éstos músicos”. Desde luego, y este es un tema recurrente en mi libro – de hecho, uno de los principales problemas que identifico es la falta de estos cambios en El Sistema y en más de una ocasión hago sugerencias para la incorporación de composición e improvisación en el mismo. Es por eso que me resulta muy extraño leer lo que Kenyon dice de mí: “Si desarrollara ideas sobre la práctica orquestal, sugiriendo que es necesario que los músicos participen en la composición e improvisación al igual que en la interpretación y la enseñanza, entonces se podría decir que se trata de un análisis fructífero sobre los métodos de El Sistema”. O es que yo no puedo seguir su lógica, o simplemente no leyó bien mi libro.

Partiendo de la descripción que hago de una visita que realicé a un núcleo en Caracas, llega a la descuidada conclusión que mi “experiencia real del trabajo que realiza El Sistema en Caracas parece haberse limitado a tan solo un día de sus actividades”. En un sutil intento de restar importancia a mi conocimiento en el campo, dice que “visité” Venezuela (no es la palabra que normalmente se utiliza para referirse a un año de trabajo de campo). Este tipo de distorsiones probablemente pasarán desapercibidas para quienes ya conocen mi trabajo, pero servirán para disuadir a los lectores del NYRB que no lo conozcan.

Kenyon habla sobre como el pianista Alfred Brendel “estuvo presente en la interpretación de la Primera Sinfonía de Mahler por parte de los músicos de entre nueve y trece años de la Orquesta Nacional Infantil de Venezuela dirigida por Simon Rattle. La describió como ‘una de las interpretaciones más emocionales que he presenciado en Salzburgo en medio siglo… desde mi esquina de escéptico, veo al milagro venezolano con asombro… ¿Ha generado el poder de la música un beneficio social tan grande como éste?” Kenyon deja el importante comentario de Brendel en el aire y continúa con su reseña, dejando a sus lectores sin la más mínima idea de que una de las ideas claves de mi libro es que nadie – ni siquiera el pianista más famoso del mundo – puede evaluar los beneficios sociales de la música con simplemente ir a un concierto. Las celebridades musicales no tienen un poder sobrehumano de perspicacia en lo que respecta a complejas preguntas sociales, especialmente cuando se trata de lugares alejados que desconocen. Precisamente en referencia a esta tendencia a considerar las fugaces impresiones de ilustres músicos como evidencia de eficacia social, escribí lo siguiente: “Una listado de personas que consideran que El Sistema es una fuerza para el bien no es ninguna prueba de dicha conclusión, de igual manera que una lista de fervientes creyentes no es evidencia de la existencia de Dios”.

No obstante, hay otros aspectos de la reseña que me molestan incluso más porque reflejan una posición moral problemática y no simplemente una lógica incongruente u omisiones estratégicas. Tomen como ejemplo el siguiente pasaje:

“Baker utiliza estos acontecimientos para dar entender que Abreu es despiadado. En 1999, Abreu reemplazó a uno de sus colegas de mayor trayectoria, Gustavo Medina, en su puesto como director de la Orquesta Nacional Infantil, una movida que fue muy criticada y llevó a Medina a hacer públicas sus propias críticas. Pero su reemplazo fue el carismático y enormemente talentoso Gustavo Dudamel, uno de los productos más exitosos de El Sistema, ahora director de la Filarmónica de Los Ángeles y uno de los principales activistas en favor de la educación musical para todos. Es difícil argumentar que Abreu hizo una mala elección”.

Kenyon no refuta la idea que Abreu es despiadado, sino que más bien argumenta que su impiedad estaba justificada debido al talento de Dudamel. La idea de que Abreu hizo lo correcto al deshacerse de uno de sus colegas con mayor trayectoria en el programa porque aparentemente tenía un buen reemplazo esperando en la fila refleja una posición extrañamente amoral por parte de Kenyon. Al igual que Abreu, a quién él admira tanto, Kenyon parece creer que el fin justifica los medios. Pero, ¿es un liderazgo despiadado la ruta deseada para el cambio social? ¿Qué pasó con aquellos valores – trabajo en equipo, fraternidad, justicia – que El Sistema supuestamente fomenta?

Dado que Kenyon tiene muy poco conocimiento de primera mano de El Sistema, se basa en otras personas para construir su caso y su elección de fuentes es reveladora: se basa exclusivamente en activistas no-venezolanos y pro-Sistema de alto perfil (tales como Marshall Marcus, Tricia Tunstall y Maria Majno), y los trata como si fueran fuentes imparciales y confiables. Cuestiona mis credenciales académicas, pero no menciona absolutamente nada sobre las credenciales de sus principales testigos, quienes en realidad son promotores dedicados de El Sistema y periodistas y no así académicos. Marcus es el ex director de música clásica del Southbank Centre, un administrador del estilo de Kenyon y el embajador de más alto perfil de El Sistema en Europa. Tunstall, por su parte, describió su a su propio libro (sin bibliografía) como “reportaje” y “no académico”. Dijo públicamente que su intención no solo era la de “contar una historia convincente” sobre El Sistema, sino que también el “hacer proselitismo en nombre de su misión”. ¿Debería un intelectual serio como Kenyon basar sus argumentos exclusivamente en este tipo de personajes? ¿Por qué le da tanto crédito a posiciones tan claramente sesgadas y muy poco a una investigación académica revisada por pares? De hecho, sería en vano buscar cualquier señal de ejercicio académico sobre la música en esta reseña aparte de mi libro – un enfoque extraño viniendo de un crítico que es también un estudioso de la música. ¿Será que el depender de “reportajes” y obras de relaciones públicas sugiere que no existen estudios que respalden su posición?

El elemento más notable que está ausente en la reseña de Kenyon son las voces de los músicos venezolanos comunes, reemplazadas por las de figuras más importantes (y principalmente extranjeras). Kenyon me critica por no hablar con Abreu, pero yo también criticaría a Kenyon por escuchar solamente a las voces más poderosas y ruidosas, las cuales pueden ser escuchadas desde Londres – un enfoque que no debería causar sorpresa viniendo del director del Barbican, pero uno que yo decidí deliberadamente no utilizar. De cualquier manera, ¿realmente cree Kenyon que Abreu, un político consumado, me hubiese revelado información importante? El periodista alemán Marco Frei le preguntó a Abreu sobre los problemas de El Sistema, pero el director pareció irritarse con la interrogante:

“‘¿Problemas?’ me preguntó con una mirada inquisitiva a través sus gruesos anteojos. ‘Nosotros crecemos, crecemos, crecemos’. Me pregunto si está satisfecho con el apoyo del gobierno. ‘Es grandísimo, más fuerte que nunca’. Luego Abreu reclinó su espalda en el asiento, con una sonrisa de satisfacción”.

De igual manera, el periodista del New York Times Daniel Wakin tocó el tema de la violencia y el crimen con Abreu:

“No se mostró perturbado cuando mencioné que Venezuela se ha convertido en una de las sociedades más violentas del mundo. La violencia es un problema global, dijo: ‘Las orquestas y los coros son instrumentos tremendamente efectivos en contra de la violencia”.

Este tipo de frases gancho complacientes y sin fundamento no hubiesen contribuido a mi investigación, y Abreu jamás ha ofrecido algo más revelador que eso en una entrevista que haya sido publicada.

Considerando el enfoque de Kenyon en las altas esferas, tal vez no debería sorprender que sus conocimientos de etnografía sean limitados, siendo que se trata de un método de investigación que busca representar y analizar los puntos de vista de aquellos que se encuentran en el frente de batalla. Todos excepto uno de mis entrevistados pusieron su anonimidad como condición para sus entrevistas. En lugar de preguntarse porque es que éste fue el caso – en otras palabras, por cuestiones de poder – Kenyon pasó directo a acusarme de utilizar “un método académico dudoso”. En realidad, como cualquier entendido en temas académicos en las ciencias sociales y la educación le podría explicar, el anonimizar las fuentes es un procedimiento estándar, el cual sería tanto antiético como poco profesional ignorar en un caso como esto, en el cual los entrevistados estaban preocupados por las posibles consecuencias de quedar expuestos. Kenyon también critica que haya anonimizado los lugares en los que realicé el estudio, el cual es otro procedimiento estándar. La alternativa hubiese sido el nombrar los lugares y de esta manera hacer posible que varias personas puedan ser identificadas en contra de su voluntad – una vez más, algo muy antiético y poco profesional. Las acusaciones de que mi libro emplea métodos dudosos y es “muy poco convincente” se contradicen con una serie de reseñas positivas y muestras de apoyo por parte de expertos en la educación musical y la sociología – profesionales que entienden y emplean métodos de investigación en este campo.

Kenyon concluye con una apasionada defensa de El Sistema como un proyecto que ha “destapado la creatividad musical entre los jóvenes”, ignorando no solo grandes partes del libro, sino que también una enorme cantidad de literatura académica que pone en duda la conexión entre las interpretaciones de grandes ensambles convencionales y la creatividad. Este es un punto que los graduados de la escuela norteamericana de Abreu, el programa de Sistema Fellows del NEC, han comenzado a reconocer y abordar, ya que buscan incorporar actividades como la composición colaborativa y la improvisación en sus programas educacionales. Lo están haciendo porque el modelo original no cuenta con un espacio para la creatividad.

En resumen, estoy seguro de que mi libro tiene sus fallas, pero Kenyon no ha tenido éxito alguno en encontrarlas. En lugar de analizar minuciosamente a mi obra, la ha distorsionado. El hecho de que el pilar del establishment de la música clásica salte a la defensa de una de las vacas más sagradas de la música clásica no es ninguna sorpresa. Habiendo sido el director del Proms en 2007, es de esperarse que tenga una actitud protectora hacia la orquesta que resultó ser el momento más memorable del festival de ese año, y, de hecho, de todo su periodo como director. Resultaría muy difícil que acepte que existe un lado oscuro en uno de sus triunfos. Su defensa de un líder cultural como él – en lugar de, por decir, la fuerza laboral de El Sistema, la cual se ve explotada y empobrecida – es igualmente predecible. Lo que es más sorprendente es que una figura intelectual tan importante no llegue a discutir de manera crítica los puntos más importantes del libro y más bien se limite a una selectividad extrema e incluso a la parodia. Además, la altiva visión de Kenyon en Londres hace que gran parte de los detalles en la distante Venezuela sean invisibles para él; es así que se limita a lugares comunes e idealizaciones que ofrecen muy poco a aquellos que están interesados en comprender a El Sistema más a fondo. “¿Se trata del verdadero Sistema o la fantasía?”, preguntó recientemente sobre mi libro uno de los músicos más importantes del programa. Se trata del verdadero Sistema; la reseña de Kenyon, sin embargo, con su título Hollywoodesco (“El Triunfo de una Aventura Musical”), se mantiene firmemente en la versión fantástica que presentan los medios.

Pese a lo mucho que me gustaría contar con la aprobación pública de una figura tan poderosa como Kenyon, el apoyo que más valoro es el que he recibido por parte de los músicos venezolanos. Kenyon, al igual que muchos en los estratos más altos del mundo de las artes, parece no estar interesado en escuchar sus voces, incluso cuando estas voces se encuentran en las páginas en frente suyo. Prefiere ensalzar a la música clásica, romantizándola y ofuscando sus problemas – infligiendo un serio daño a la música al insinuar que una defensa honesta y realista de la misma no es posible. El enfoque de Kenyon es muy bueno para el activismo, pero no así para el estudio de la música.

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