Entrevista con Diego Matheuz

16/11/14

Hace un par de meses atrás me encontré con una entrevista con el director de orquesta Diego Matheuz, un producto de El Sistema y uno de los principales candidatos para ser “el nuevo Dudamel”, publicada en el periódico venezolano El Universal. Estoy seguro que Matheuz es un tipo genial y un gran músico, y puede que también sea una persona muy perspicaz, aunque es difícil comprobar esto ya que no dice mucho en esta entrevista. Lo que me quedó de la entrevista fue más una imagen de El Sistema y el benefactor que lo formó que el mismo Matheuz.

Citando a la entrevista,

“Yo quisiera que el mundo y Venezuela marcharan como una orquesta. El nuestro es un país maravilloso, pero estamos polarizados y nos falta comunicación. ¿Por qué afirmo que la orquesta es una sociedad perfecta? Porque si toco violín y vamos a interpretar la Quinta Sinfonía de Beethoven, debo escuchar el clarinete, la flauta y demás instrumentos, así como ellos deben seguirme a mí. Se establece un diálogo no sólo auditivo, sino también visual, marcado por el respeto y la compenetración. Yo no puedo ensayar sin estar preparado. Lo mismo ocurre con ellos. De allí surge un sentido de pertenencia que nos enseñó el maestro Abreu desde el primer ensayo. Él decía que “la orquesta debe funcionar como un reloj suizo: engranaje perfecto”.

Engranaje perfecto. ¿Qué pasó con el diálogo, el entendimiento y los sentimientos de calidez y alegría unas líneas arriba? La música orquestal ha pasado de una conversación a la automatización en un abrir y cerrar de ojos, y los músicos han sido transformados de oyentes sensibles a engranajes en una máquina.

Este párrafo captura muchos de los puntos que desarrollo en mi libro. Al igual que muchas declaraciones de El Sistema, realmente no tiene sentido si realmente se ponen a pensar en él. Tiene una contradicción discordante en su esencia entre las imágenes humanizadoras que Matheuz evoca en un principio y la deshumanizadora idea de un reloj suizo con la que concluye. Me fascinó leer el aforismo de Abreu, el cual no había escuchado anteriormente, ya que en mis entrevistas en Venezuela, muchos músicos jóvenes se describieron a sí mismo como “engranajes en una máquina”. Aparentemente estos no eran descubrimientos aberrantes, sino que eran la muestra de que El Sistema estaba trabajando como debía. La metáfora del reloj suizo representa en forma perfecta el autoritarismo sistémico del programa, metáfora que una persona cercana a Abreu, Chefi Borzacchini, hace eco cuando se imagina a la Venezuela del futuro estando “en perfecta armonía, con todos sus ciudadanos yendo en una misma dirección”. Esta no es la imagen de una sociedad democrática.

“Mucha gente dice es una utopía”, dice Matheuz de El Sistema. Michel Foucault, sin embargo, en su famoso libro Disciplina y Castigo, hace la distinción entre una utopía y “un sueño militar de la sociedad”: “su referencia fundamental no era la del estado de la naturaleza, sino la de meticulosamente subordinar engranajes de una máquina”. Aquí está entonces la raíz de la metáfora del reloj suizo: un sueño militar de la sociedad. Estas son palabras extraordinariamente reveladoras que Abreu repite (a través de Matheuz) y que llegan al corazón del carácter de El Sistema como una institución disciplinaria (y pueden ayudar a clarificar un poco la improbable alianza de Abreu con Chávez, un militar).

Uno puede tener la impresión de que Abreu está observando figuradamente por encima del hombro de Matheuz, al igual como lo hace literalmente con los directores que considera sus protegidos en los ensayos. El resultado es una entrevista que parece ser una conversación con Abreu canalizada a través de un médium, en lugar de un vistazo en la mente de un joven y prometedor director de orquesta.

El culto a la personalidad en El Sistema es palpable. Una y otra vez, Matheuz menciona o cita a Abreu (“El Maestro”):

“El Maestro dice que en la música no puede haber miedo”.

“Recuerdo que a los 17 años ya queríamos tocar a (Anton) Bruckner y el Maestro nos decía: ‘Muchachos, aún no estamos preparados. Vamos primero con Mahler’”.

La mano de Abreu se siente en todos lados – en la toma de decisiones, mostrando sus famosos aforismos, dictando la dirección del programa artístico.

“En el Sistema existe un estilo de hacer música que tiene la impronta del maestro Abreu”.

En su excelente nuevo libro, El cuerpo dócil de la cultura, Manuel Silva-Ferrer describe el campo comunicacional bajo Chávez como panóptico, en donde sin importar uno mire, siempre termina mirando hacia el centro (p. 204). Cita a la psicóloga venezolana Colette Capriles, quien argumenta que el país era una dictadura porque no podía dejar de pensar en Chávez por un segundo. Lo mismo se puede decir de El Sistema: no importa donde mires y quién sea el que hable, verás la sombra de Abreu.

El “el maestro Abreu puede confiar en que su obra lo va a trascender”, dice el entrevistador. “Es muy difícil ponerse en el lugar de una mente tan brillante”, responde el entrevistado mientras su conexión con el otro mundo entra brevemente en duda.

A estas alturas, el entrevistador y el entrevistado casi desaparecen, al punto que tratan de canalizar los pensamientos de Abreu que no se encuentra presente.

Esto me hace recuerdo al altamente decorado músico que comparó a Abreu con Ronald Wilford, el sombrío maestro de maestros que maneja los hilos del mundo de la música clásica en El Mito del Maestro de Norman Lebrecht.

“Cualquier país que desarrolle un sistema como el nuestro puede tener el mismo éxito. Ese es el sueño del Maestro, que todo el mundo lo adopte y desarrolle”.

Pero, ¿cuál es el sueño de Matheuz? Es difícil saberlo ya que esta entrevista nos muestra muy poco de su visión propia o cualquier pensamiento original que pueda tener; una vez quitamos los clichés de El Sistema y la reverencia a la sabiduría de Abreu y Dudamel, no queda mucho. El Sistema es el sueño de Abreu, y solo de él.

Matheuz es un emblema de un sistema educacional que se distingue por lo que él llama “trabajo y disciplina”, y valora el conformismo por encima de la creatividad o la independencia. No debe sorprender que un importante músico venezolano escribió públicamente en un artículo de periódico que El Sistema era “una gigantesca máquina de halagos diseñada para satisfacer los intereses de su fundador, José Antonio Abreu” (ver mi libro para más detalles).

Finalmente, en la raíz de la idea de Matheuz de la orquesta como la sociedad perfecta está la noción de que el escuchar a la música que es tocada por grandes grupos tiene un efecto en lo social; que los músicos que desarrollan habilidades de orquesta avanzadas se volverán seres sociales más respetados y de mente más abierta. Esta idea es absolutamente fundamental para la filosofía de El Sistema, y es hermosa, pero ¿no es acaso nada más que una idealización romántica?

A las personas les encanta escuchar afirmaciones grandilocuentes sobre sus actividades favoritas, y no es ninguna sorpresa que directores como Abreu y Matheuz tratan de justificar su vocación al asegurar que existe una variedad de beneficios para aquellos que se encuentra bajo su batuta (no llegarían muy lejos diciendo “la orquesta es un modelo ideal para la sociedad porque me permite decirle a todos lo que tienen que hacer”). Pero me gustaría ver alguna evidencia de esto. Si este tipo de afirmaciones fueran ciertas, entonces deberíamos esperar que los músicos estén por encima del promedio en términos de satisfacción personal y profesional, y que las orquestas sean bastiones de comportamiento social ilustrado. Y eso no es exactamente lo que demuestran los estudios académicos ni las historias anecdóticas, por decirlo suavemente. Entonces es posible que la orquesta sea una metáfora y no una catalizadora para una interacción social harmoniosa. De ser así, uno de los cimientos de El Sistema parece estar bastante quebradizo.