Abreu, Chávez y el petróleo

03/1/15

El libro El cuerpo dócil de la cultura: Poder, cultura y comunicación en la Venezuela de Chávez es una lectura obligatoria para cualquier persona que esté interesada en la cultura venezolana y su relación con la política y la economía. Las referencias directas a Abreu y El Sistema son pocas, pero los argumentos generales son muy relevantes, y voy a relacionarlas aquí con mi propia investigación sobre El Sistema.

La tesis central de Silva Ferrer, basándose en el trabajo del destacado antropólogo e historiador Fernando Coronil, es que no podemos entender a la cultura venezolana sin entender al petróleo. El asegurarse el acceso a los petrodólares es prácticamente la única alternativa. Entonces, pensando en El Sistema, es casi seguro que no es simplemente una coincidencia que este enorme (y enormemente caro) programa de educación musical fue creado en un país con vastas reservas de petróleo por un hombre con un doctorado en economía del petróleo.

Junto con el estado petrolero del siglo veinte vino un todo un aparto cultural con un pequeño número de “caudillos culturales”, como Silva Ferrar los llama – entre ellos José Antonio Abreu. Estos individuos tenían el poder y la habilidad de sacarle provecho a la enorme cantidad de recursos del estado. De muchas maneras, ellos eran el reflejo en la esfera cultural de una serie de encantadores presidentes que surgieron con al “estado mágico” (como Coronil lo llama en su influyente libro) y trataron de sacar ilusiones y milagros de modernidad de un sombrero (hay que recordar la frecuente descripción de El Sistema como “el milagro musical venezolano”). Estas élites trataron constantemente de monopolizar el “botín“ del petróleo, y sus esfuerzos fueron acompañados por una tendencia a la arbitrariedad y el autoritarismo.

Así es que resulta interesante ver al El Sistema como una tipificación del tipo de programas de modernización que surgieron del estado petrolero venezolano a lo largo del siglo 20, liderado por un hombre con conocimiento especializado del funcionamiento de la economía del petróleo y, gracias a su experiencia política y sus contactos, con acceso privilegiado a los petrodólares.

También me sorprendió la caracterización que Silva Ferrer hace de Chávez, describiéndolo como un líder carismático, mesiánico y autoritario, el último en un largo linaje en la historia venezolana. Describe un renacimiento del estado mágico del siglo 20 en el siglo 21, ahora con Chávez cumpliendo el rol del mago mayor. Se enfoca en la continuidad entre presidentes anteriores como Carlos Andrés Pérez (CAP) y Chávez, pero esto también me hizo pensar sobre la continuidad entre Chávez y Abreu.

Una de las grandes preguntas que se meció sobre mi proyecto, a la cual solo pude ofrecer respuestas especulativas en mi libro, es cómo Abreu sobrevivió la transición al Chavismo, dado que los dos eran enemigos políticos – Chávez trató de derrocar al mentor de Abreu, CAP, en 1992 – y al presidente no le gustaba la música clásica. Lo que entiendo de este libro, primeramente, es lo mucho que Chávez y Abreu se parecían el uno al otro, pese a sus profundas diferencias políticas (los adjetivos que Silva Ferrer utiliza para describir al presidente – carismático, mesiánico, autoritario – son repetidos constantemente en las descripciones de El Maestro); y segundo, el estado mágico de Chávez necesitaba de un conductor de espectáculos tanto como el de CAP.

El ver al chavismo como el ciclo más reciente en una larga historia que se repite y la encarnación más reciente del estado mágico ayuda a explicar la longevidad de Abreu y El Sistema. Son los adornos culturales del estado petrolero venezolano y no los de un partido o programa político en particular, y pueden servir a diferentes manifestaciones y líderes con la misma eficacia. No obstante, esto quiere decir que el programa es apolítico, sino que lo hace políticamente promiscuo – su lealtad es al petróleo, y se alían con quien sea lo esté controlando.

El leer la descripción de Silva Ferrer del programa de televisión de Chávez “Aló Presidente” me hizo acuerdo al El Sistema en muchos aspectos:

  • La deslegitimización del pasado y la presentación del líder como el catalizador de la transición hacia el futuro.
  • Una devoción por la dramatización
  • La creación de un sentido de proximidad al mostrar imágenes en las que el líder comparte con el pueblo sin barreras o intermediarios, pese a que el acceder al líder a través de canales formales es extremadamente difícil.
  • La sustitución de una burocracia que opera en forma racional por un marco emocional (y religioso).

La descripción que realiza Silva Ferrer del proyecto bolivariano como algo basado en órdenes verticales estilo militar, sin una base teórica sólida, y que demuestra un pragmatismo excesivo, podría fácilmente aplicarse a El Sistema. La continuidad entre El Sistema y el Chavismo es tan fascinante como sus profundas diferencias políticas.

También estaba intrigado por el argumento de Silva Ferrer que detrás de la ruptura simbólica que representó la elección de Chávez, en un principio hubo muy pocos cambios en el campo operacional. Las transformaciones fueron mucho más rápidas y profundas en el campo de lo simbólico y en la retórica que en lo práctico o lo institucional. Silva Ferrer habla de una descoyuntara entre la praxis revolucionaria y el discurso revolucionario, de la narración de una epopeya revolucionaria. Esto fue muy similar a mi análisis de El Sistema – que su afirmación de ser un programa social en lugar de un programa musical estaba más basada en retórica que en la realidad. Según el relato de Silva Ferrer, pareciera que para las instituciones de toda Venezuela en general, el adoptar un nuevo lenguaje era más importante que realizar cambios reales. Es importante tomar en cuenta la idea de que el surgimiento de El Sistema como un fenómeno global ha ocurrido en periodo en el que, según este autor venezolano, las declaraciones ostentosas sin bases sólidas han sido la regla en el contexto nacional.

Uno de los principales argumentos del libro, el cual deja claro en su título, es que la esfera cultural se ha convertido cada vez más en un campo de control disciplinario por parte del estado. La disciplina también es un punto importante en mi libro. Es por eso que El Sistema puede ser visto como una institución disciplinaria dentro de un programa cultural y disciplinario más amplio – lo que podría explicar el apoyo del gobierno para una organización que históricamente ha estado muy opuesta a establecer sus prioridades culturales, tales como la valoración de lo nacional, popular, indígena y de descendencia africana.

No obstante, Silva Ferrer ve al programa más amplio como uno que impone un socialismo del siglo 21, mientras que yo insisto que El Sistema no tiene nada que ver con las prioridades más importantes del chavismo como “la democracia participativa y protagónica”, ya sea de manera implícita o explícita. ¿El apoyo dado a El Sistema por parte de Chávez, pese a su aversión hacia Abreu y la música clásica, sugiere que en la práctica consideró más prioritario tener sujetos disciplinados que ciudadanos participativos? ¿Vio en El Sistema el potencial que tenía la educación de las artes como una herramienta del estado y una técnica de control de social? ¿O simplemente fue atraído a El Sistema porque era una valiosa herramienta de relaciones públicas y no logró entender que en la práctica contradecía sus deseos por una democracia participativa?

Finalmente, quedé sorprendido con la sección del libro de Silva Ferrer sobre la educación, y en particular cuando dice que la tasa de abandono en las escuelas secundarias venezolanas es muy alta. Los datos para las personas que comienzan la escuela son muy buenos, pero muchos (en especial los más pobres) se quedan en el camino. El 45% ha abandonado la escuela o está repitiendo un año al final del 9º año de estudio, y solo el 18% de los estudiantes terminan el ciclo completo de educación primaria y secundaria. Dadas las frecuentes afirmaciones de que El Sistema insiste en que los estudiantes tengan un buen desempeño en la escuela, si tantos chicos están abandonando la escuela, ¿está el programa teniendo un efecto significativo en los más desamparados de la sociedad? ¿O es un reflejo de las exclusiones del sistema educacional en general, enfocado principalmente en los estudiantes que se quedan en la escuela, cuyas condiciones por lo general son más estables o ventajosas?

El considerar todos estos puntos plantea preguntas interesantes sobre los intentos de tratar de establecer programas inspirados en El Sistema en otros países. Como explico en mi libro, el buscar el secreto de El Sistema en elementos como la pedagogía y los currículums lleva a un callejón sin salida; su enfoque por lo general es anticuado y conservador. Lo que realmente hace que el programa tenga éxito, extrapolando la evidencia de Silva Ferrer, es la combinación de una administración autoritaria – el contar con un “caudillo cultural” a cargo – y el privilegiado acceso a los petrodólares (curiosamente, en mi libro hablo sobre como Richard Hackman concluyó que estos mismos factores – el autoritarismo y un financiamiento generoso – eran las claves para una orquesta de buena calidad). En otras palabras, El Sistema es un resultado muy particular del estado mágico de Venezuela, con su amor por el espectáculo y directores magos, y sus fondos casi ilimitados para financiar los proyectos que mejor les parezca. El Sistema no solo es una institución hecha a imagen de Abreu – como “un traje a la medida”, en las palabras de una persona que trabajaba estrechamente con él – sino que también está profundamente ligada a Venezuela y al “oro negro” que yace debajo de ella. Es sin duda lo opuesto a un plano o paradigma para la educación musical a nivel global.

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